A veces imagino a un par de zapatos. No son los mejores del mercado, ni los peores, simplemente son cómodos. Están caminando por un largo camino en ocasiones rápido, en otras lentamente. Es un camino pedregoso que atraviesa una arboleda. Durante el camino se encontrarán zonas oscuras y húmedas que les harán sentirse solos y perdidos a la sombra de aquellos árboles. Pero también, encontrarán zonas abiertas donde el sol les toque con su particular gracia llenándoles de esperanza y alegría. En el recorrido una pequeña piedrecita se cuela en uno de los zapatos, el derecho, el que va marcando el paso junto al izquierdo. En un principio el zapato no sé molesta y parece no darle más importancia. Sabe que durante el camino además de contar con su otro igual, también lo hará con aquella pequeña piedrecita. Sin embargo, ésta le molesta a veces e incluso llega a hacerle daño. Sabiendo el zapato que ella, la piedrecita, entró sola y sin invitación, reconoce que para salir tendrá que ser él quien la empuje hacia fuera.
Me gusta imaginar que el zapato derecho eres tú, el izquierdo es tu familia y amigos, en definitiva aquellos que te cuidan. EL camino que recorréis es tu vida en sí misma, plaga de buenos momentos (zonas soleadas) y duros golpes (zonas en penumbra). Aquella piedrecita que viendo tal zapato pensó que no molestaría y se equivocó, soy yo. Dime tú ahora si me echas fueras o no.

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